domingo, 16 de septiembre de 2012

Verdadera conversión 1ra. parte.


Verdadera Conversión, Primera Parte  
Meditación de Ivan M. Baker 30/5/99

Son las 5 y 53 de la madrugada, y es como si el Señor me inundara con pensamientos relacionados con las coyunturas en el cuerpo de Cristo. Quisiera usar el  lenguaje de un escribiente veloz. El Señor me respondió a mi inquietud, mi deseo, mi anhelo anoche cuando oraba para que Él me despertara con algunas ideas o conocimientos que pudieranconducirme a la comprensión de su voluntad en una cuestión tan importante como es eltema de las Coyunturas. Aquí necesitamos comprender a Dios, y dar los pasos que corresponden, sin equivocación. Es muy importante este tiempo, porque estamos
estableciendo los cimientos de la comprensión de lo que son las coyunturas.
Y esto es algo que nunca hemos hecho realmente bien. Yo tengo fe de que esta vez vamos
a comprender muchísimo más, va haber un progreso, un avance, quizás total, quizás
parcial, pero va haber un avance. Vamos a comprender más las coyunturas, vamos a
comprender más la responsabilidad de cada creyente en las coyunturas. Vamos a ver
formarse una Iglesia verdadera, vamos a ver funcionar cada miembro sabiamente guiado
por el Espíritu Santo. Un Pastorado, un Apostolado que realmente marque el rumbo de la
Iglesia. Si no hemos puesto en orden las coyunturas, ¿de qué sirve lo que estamos
predicando? ¿Qué valor tiene el ministerio del púlpito? ¿Qué valor tiene que ensayemos
uno, otro, y mil sermones sobre “Discipulado”, “Fidelidad”, o “Santidad”?. Hablamos
mucho de “Iglesia aquí”, “Iglesia allá” ¡Y no hemos puesto en orden los rudimentos más
simples!

Todavía los creyentes, digamos, no ejercen el discipulado, no están debidamente
adheridos a la Vid (Juan 15). Porque, ¿cómo se adhiere uno a la Vid? El Señor está en los
cielos y nosotros aquí, en la tierra. El Señor transmite su mensaje celestial a su Iglesia en la
tierra, que es terrenal, que cuenta con elementos terrenales bien tangibles, bien
terrenales como ser un hombre,  una mujer, un niño. Cuando decimos “hombre” o
“mujer”, hablamos de tremendos conflictos. Hay que partir de la base de que el hombre
natural nunca tuvo comunión con Dios, que no sabe lo que es caminar con El, que no sabe
lo que es la profecía, que no entiende el ejercicio de los dones, que no comprende la
Iglesia, y que no se ve a sí mismo como parte del cuerpo de Cristo.
Hablamos del “Cuerpo de Cristo” pero este es un misterio, algo ajeno a nuestra posibilidad
de entender. Y la predicación desde el púlpito sobre las coyunturas solamente enciende la
imaginación, el intelecto, sin que se llegue por este medio a la revelación, a la concreción,
a la materialización. Si bien alguien más intelectual podría expresarse mejor, ni este, ni el
menos intelectual alcanzan a entender por el mero intelecto. Esto es algo que hay que
asimilar  en el Espíritu,  algo que tiene que ver con la nueva criatura, con lo que escribe
Dios en la mente y en el corazón no con lo que nosotros podemos lograr a través de
reuniones, de pláticas, de enseñanzas doctrinales. 2
Hablar de coyunturas implica abordar el tema de la presencia de Dios en el hombre. Si
Dios no está en el hombre, ¿para qué nos molestamos? ¿Para qué hablamos de grandes
cosas espirituales si Dios no ha venido, si Dios no ha establecido su reino en nuestro
corazón?

La Verdadera Conversión
Por eso, primero hablamos de la conversión y la ilustración conocida del árbol que recibe
un  hachazo al tronco (ver lección de “Arrepentimiento” del cuadernillo “Puerta, Camino,
Meta”), bien cerca de la raíz y no un montón de golpes a las ramas.  Es cuestión de
cambiar de actitud y no algunos actos. ¡Eso es tremendo! Esta es una lección no mental
sino espiritual: tiene que haber una caída del árbol, debemos llegar a tener la convicción
de que Dios cortó el árbol anterior y nace uno nuevo, un brote celestial, que proviene del
cielo, de una simiente que se depositó en la tierra de mi vida dando luz un nuevo árbol.
Dejemos el árbol ahora y vayamos a la realidad. Somos humanos, tenemos un cuerpo
terrenal. Este cuerpo está dirigido por la voluntad del hombre pero repentinamente cae
en él una semilla que plantada por el Espíritu Santo y la inquietud comenzó. El hombre se
revisa a sí mismo y entra en conciencia de que es pecador, reconoce sus pecados porque
empieza a operar el Espíritu Santo, y oye la noticia de la salvación del Evangelio, y el
Espíritu de Dios comienza a obrar conforme a su voluntad, estableciendo en el corazón de
este hombre que no conocía a Dios, un elemento divino, inefable. No lo podemos explicar,
es un toque del Espíritu Santo en la mente del hombre que le conduce  finalmente a
inclinarse delante de Dios y decir “¡oh Dios, hágase tu voluntad en mi vida!” Allí empieza
“Metanoia” [en griego significa cambio de actitud y es la palabra original en el NT para
“arrepentimiento”], ahí comienza a rendir su voluntad a Dios, ahí es el lugar exacto donde
ocurre la conversión, entregándose a Dios íntegramente porque ha entendido el
Evangelio, entendió el valor de la sangre de Cristo, entendió la redención, que el Justo
murió por los injustos para llevarnos a Dios.
“El que no conoció pecado fue hecho pecado por nosotros para que nosotros
fuésemos hecho justicia de Dios en Él”
En esta revelación  comienza la luz de la nueva vida, la luz del nuevo día, la luz del
arrepentimiento, es decir, el gran  cambió de actitud. Antes la actitud era “yo soy dueño
de mí mismo, yo soy el señor de mi vida”, pero ahora la nueva actitud es “ya no soy más
yo señor sino Cristo es el Señor”.
Así que hemos tomado la ilustración del árbol para graficar este proceso: no es cuestión
de darle golpes a las ramas cambiando algunas costumbres; es cuestión de darle golpes al
fundamento de la vida que es la voluntad. Los actos son resultado de esa voluntad y
actitud. La actitud es el sentir del corazón, la fuente de la vida que está plantada en un
hombre. La actitud del hombre pecador es: “yo hago lo que se me da la gana, hago lo que
quiero”. La actitud de un discípulo de Cristo es: “haré lo que quiere el Señor”. Ese cambio 3
es la fuente de la nueva vida. Si tengo la voluntad de seguir a Cristo, seguiré a Cristo, pero
si tengo la voluntad de no seguir a Cristo, no lo haré.
La Mezcla
Alguno dice: “Me atrae el Evangelio y tengo la voluntad de ir a las reuniones y portarme
mejor”, pero esto no es suficiente, esto no es el Evangelio. El Evangelio es: “Ya no vivo yo
mas vive Cristo en mí”, “ya no hago mi voluntad sino la voluntad del Señor, cambié de
camino, cambié de Espíritu, cambió mi mente”. O manda Dios, o mando yo. La mezcla no
pasa la prueba. La mezcla no entiende. La mezcla termina por definirse en un sentido o en
otro. A veces se define contra la voluntad de Dios y otras veces va definiéndose cada vez
más hacia la rendición total de la vida al Señor porque ya no puede más pelear con Él, ya
no puede más luchar con la dualidad. Se da cuenta que hay uno que manda. Hay uno que
es Señor, que demanda el señorío de la vida y se rinde.
Pero muchos logran vivir en la dualidad por la pobreza de su vida espiritual, por estar
confundidos respecto a los principios de Dios, por su falta de oración y comunión con El.
Leen la Palabra, van a las reuniones, hablan del Señor infinitamente, (inclusive puede que
hablen todo el día de Él), pero adentro de su corazón hay piedras y espinos. No han
limpiado bien su almácigo y la tierra donde viven está contaminada. No nacieron bien. Hay
definiciones que tienen que darse todavía. El hacha no vino a la raíz; solo cortaron algunas
ramas pero no el tronco. Modificaron alguna conducta pero no calaron hondo en la
voluntad de la persona.
Practican algunos actos que indican cierta cercanía a Cristo, cierto conocimiento del Señor
y, posiblemente mucho conocimiento del Señor pero solo en cuanto al hacer. En cuanto al
ser, distan mucho de lo que es alguien entregado, alguien rendido, alguien que recibió el
hachazo en el tronco de su vida y se volteó el árbol de su voluntad. Todavía estos están
peleando en el nivel de la actitud, buscando un “equilibrio” entre la voluntad de Dios y la
propia. Viven en una dualidad. Hay piedras que impiden el nacimiento del gobierno de
Cristo, espinos que ahogan la semilla del Reino. Hay pensamientos carnales y hay
pensamientos espirituales que se mezclan. Que se desarrollan en un contexto
aparentemente cristiano, sin que haya verdadera conversión. En ellos persiste la duda:
finalmente, ¿vencerá el Espíritu Santo o vencerá la carne?

El árbol ha caído solo cuando la voluntad está totalmente entregada a Cristo, cuando el
único que gobierna esa vida es Cristo, cuando la única voluntad que se ejerce en esa vida
es la de Cristo, cuando el único motivo de esa vida es servir al Señor. El que vive así
entendió el llamado de Cristo. Ya no anda jugando al juego de cuánto puedo hacer por mi
cuenta sin que moleste mi vida espiritual; cuánto puedo hacer de mi voluntad sin que esto
signifique ser cortado del reino de Dios. No, esas discusiones no están más. Está todo
entregado. “Dame hijo mío tu corazón. Dame tu corazón, todo tu ser, toda tu voluntad,
toda tu fuerza, ríndete, por completo”. ¡No podría ser más claro el Señor!  “¿Quieres venir
en pos de mí?, niégate a ti mismo. Niégate a ti mismo, no te niegues a algunos actos. 4
Niégate a ti mismo, niégate a tu voluntad, niégate a tu tremenda sinuosidad de volver a
hacer lo que quieres y determinar en muchas ocasiones todos los días, todo lo que te
interesa a ti. Tus caprichos, tu forma de pensar, tu voluntad, tu carácter. Quiero que
tomes mi yugo, es decir, cambies de yugo, cambies de dirección, cambies de corazón,
cambies de mente. Cambia todo. Niégate. Toma tu cruz. ¿Y qué más? Pierde tu vida”.
¿No es ese el mensaje del Señor? Y aún nos dice más:  “el que ama a padre, madre,
mujer, hijos, hermanos, hermanas, más que a mí, no es digno de mí” y “el que no renuncia
a todo lo que posee no puede ser mi discípulo”. “Aún también su vida, sus intereses, sus
glorias, sus razones, su voluntad”. Está bien claro.
Y cuando Pablo dice que “lo he perdido todo, lo tengo todo por basura” está diciendo que
lo único grande que él ahora tiene es conocer a Cristo. Encontró un tesoro de gran precio
y fue y vendió todo lo que tenía para poder comprarlo (Mat 13.44); encontró una perla de
gran precio, fue y vendió todo lo que tenía para poder comprarla (Mat 13.45). No vendió
una parte, lo vendió todo. Si no vendemos todo, lo que queda siempre va a conspirar
contra la gloria divina y preciosa, incalculable, de la vida que Dios nos ofrece, el cambio
que Dios nos propone, de la nueva dirección que Él quiere que tomemos.

Hay que voltear el árbol desde el tronco, que es nuestra voluntad. Cuando esto está bien
hecho, la voluntad se entrega y ya no hay gloria propia sino la de Cristo, ya no hay
pensamientos propios para elaborar un plan propio que lo hace a su medida y su forma
sino que aceptamos sumisos rendirnos al Señor, que ahora vale más que todas las cosas
que tengamos. Ni nuestros hijos, ni nuestros padres, ni nuestras esposas pueden interferir
en el amor que le tenemos a Cristo. Y si cualquiera de ellos se levantara y afectara ese
amor, nos levantaríamos para condenar la situación aceptando la cruz de Cristo antes que
la holgura o la benevolencia de una situación mejor. Llegaríamos al punto del sacrificio
máximo en la tierra de perderlo todo, inclusive perder la esposa y los hijos. Porque
queremos a Jesús más que a nadie.
¿Qué puedo ganar yo sin los brazos del Señor? ¿Qué puedo poseer sin la voluntad de Dios,
sin que Él lo permita? ¿Qué parte tendría yo en el mundo que Dios ha preparado en la
gloria venidera, si he permitido que alguna cosa impida mi comunión con Cristo, si  he
permitido que un pariente, un amigo cercano, un hijo, una hija, una esposa, un marido, un
padre, una madre, interfiera mi comunión con la fuente de vida, con la razón de toda
existencia? ¡Hablamos de Dios, el Eterno, el dueño de todo y de todos! ¿No es irracional
rendirme a otro señor que no sea Él? ¿Con quién me voy a encontrar al final de mi
camino?- Con Él. Sigo preguntando: ¿voy a llegar al final de mi camino con grandes
riquezas espirituales o con mi propia voluntad interfiriendo constantemente en la obra
que el Señor quiere hacer en mí? ¿No es Él Dios? ¿No es Él el Señor? ¿No dice la Palabra
“Amarás al Señor tu Dios de todo tu corazón, con toda tu mente, con toda tu fuerza”, no
dice así? 5
Recién ahí podemos empezar a amar al prójimo como a nosotros mismos, solo después de
amar a Dios, después de amarlo y obedecerlo. Después de la rendición natural de mi ser,
que fue hecho por Él y ahora es redimido por Él. Él no solamente es mi Hacedor sino mi
Redentor. ¡Qué tremendo pensamiento! ¿No tiene Él el derecho a decirme: “ámame a mí
más que a todo lo demás?”. ¿Quién me dio los hijos? ¿No fue Dios? ¿Quién constituye a
un padre, a una madre? ¿No es Él? ¿Quién hace al hombre habitar en familia? ¿No es
Dios?  Y si mi familia me negara o impidiera algún aspecto de mi comunión con Dios,
seguramente lo que les molesta es mi insistencia en ser tan fiel a Dios, en poner a Dios
sobre toda otra persona.
Un joven dice: “Mi papá se siente disminuido, puesto en un plano inferior porque yo
ahora ubico a Dios antes que a Él”. Bueno, esa es una disminución que tiene que
soportarse, porque hasta ahora su papá vivió mal y creyó que era el dueño de todo y
resulta que el dueño es el que hizo nacer a su hijo, el que le dio la vida y le dio los árboles
y las estrellas, no el terrenal. No puedo amar otra cosa por encima de lo que amo al
Hacedor de todo y  Redentor. Y no es solamente el Hacedor, no es solamente el Dios
omnisciente, omnipresente y omnipotente sino que además es quien se dio en sacrificio
por mis pecados. Es el Dios lacerado, es el Dios golpeado en la cruz, que hizo la redención
a costas de entregar su vida por mí. ¡Por mí! Su sangre por mí. Su amor por mí. Su
quebrantamiento por mí. Su angustia por mí. No es solamente mi Dios Creador, es mi Dios
infinitamente mayor aún: Redentor, sacrificio por mis pecados. Ese Dios es el que vino a
mi lado, llegó donde yo estaba. Nadie llegó tan cerca de mí, vio mi maldad, vio mi
perdición, tuvo misericordia, decidió hacer el máximo sacrificio al cargar Él con mis
pecados, con todo lo que era mi culpa, y hacerse culpable, víctima, cordero, para morir
por mí.

¿Puedo tener más afecto por alguien que por Él? ¿Puedo recibir esta redención tan
grande, tan costosa para Dios, y que aún asigne a alguna cosa en la tierra más valor que a
Él? Mi padre terrenal es una relación temporal, mi madre es una relación temporal, mi
hijo es una relación temporal, ¡pero mi relación con Él es eterna! Como ser humano que
debe enfrentar la eternidad tengo que entender mi culpa, la realidad de mis pecados, y
que ahora, por la gracia de Dios, el Espíritu Santo me comunica que alguien murió por mí y
que alguien pagó el precio que a mí me tocaba pagar: la muerte. Y yo quiero retribuir,
hacer valer esa muerte, ese precio pagado, y para esto Dios me pide una sola cosa: que
sea Él el sumun, la totalidad de todo cuanto yo quiero, la máxima aspiración de mi vida, la
única razón de mi caminar, la única razón de mi andar, de mi ir y venir.
Él pide que yo sea esclavo de Cristo. Así como fui esclavo del pecado ahora soy esclavo de
la Justicia; así como me dominó hasta ahora el mundo y su engaño, ahora el que me
quiere dominar es la Verdad, el Camino Verdadero. La Verdad cierta y verdadera, sin
confusión, sin engaño; y el Amor Verdadero quiere penetrar en mí, quiere transformarme,
de una criatura perdida en una criatura salvada. De una criatura que caminaba hacia la
perdición a una criatura que camina hacia la gloria. Me quiere transformar de un perdido
en un salvado. De uno que pierde todo y es condenado a la perdición, a uno que es salvo, 6
que es libre y es enriquecido con toda riqueza espiritual en los lugares celestiales en
Cristo.
¿Qué condiciones pone Dios para que yo reciba toda esta bendición? -Que me rinda a Él,
que tome mi cruz, que muera a mi vida, que muera a mis pensamientos, que muera a mi
forma de vivir, que muera a mis apetitos, a mis planes, a mis propósitos propios, que
muera a mi riqueza terrenal, que muera a mi dote terrenal, que muera a todo afecto a
este mundo. Ahora todas mis devociones cambiarán porque voy a tener una vida nueva,
un corazón nuevo, una mente nueva (“Metanoia”). La actitud frente a cada suceso que
enfrente de ahora en más será otra. No solamente los actos, porque entregaré mi
corazón, mi voluntad. Todo mi ser estará absorbido, estará entregado, estará dominado
por mi Señor, mi Rey, mi Salvador. El Dios, no solamente Creador, sino Redentor. Él será el
dueño de mis afectos, de mi vida. Él va a ser mi razón de vivir. Él va a ser mi amor
principal. Él va a ser mi amo, mi dueño. Me rendiré a Él.
Aceptaré sus condiciones,  y, sus condiciones son absolutas: “Haced morir lo terrenal en
vosotros” (Col 3.5), “Puesto que tenemos tales promesas limpiémonos de toda
contaminación de carne y de espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios”
(2Cor 7.1). ¿Hasta dónde? Hasta el Máximo, total. ¿Hasta dónde me modifica? -
Completamente. “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es, las cosas viejas
pasaron he aquí todas son hechas nuevas (2Cor 5.17)”. Ya no soy carne sino espíritu. No
soy una mezcla entre espíritu y carne, (esta es la mezcla evangélica, la mezcla cristiana
común: un poco de Espíritu Santo y mucho de la carne, la carne y el Espíritu mezclados).
¡NO! Dice Jesús: “lo que nació de la carne, carne es, lo que es nacido del Espíritu, Espíritu
es” (Juan 3:6).

¿Qué dice Pablo en Romanos Capítulo 8?: “Ahora pues ninguna condenación hay para los
que están en Cristo Jesús”. No los que tienen un poco de Cristo Jesús sino los que están en
Cristo Jesús, inmersos en Él. Perdieron todo para meterse en Él. “Los que no andan
conforme a la carne sino conforme al Espíritu”. ¿Qué es “no andar conforme a la carne”? -
Que hemos sido cambiados totalmente, esencialmente. Nuestra mente cambió, nuestro
corazón cambió, se cumplió lo que dice el Señor: “Escribiré mis Leyes en sus mentes y
corazones” (Jer 31.33). “Os daré corazón nuevo y pondré Espíritu nuevo dentro de vosotros
y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne y pondré mi
Espíritu dentro de vosotros, y haré que andéis en mis estatutos,  guardéis mis preceptos y
los pongáis por obra” (Eze 36.26-27)
¿Tenemos conciencia de la profundidad de estas palabras? Ellas hablan de un cambio
absoluto, una entrega absoluta. Es una muerte y una resurrección. Morimos a nuestra
vida presente, a nuestros efectos propios, a nuestras glorias personales, a nuestra forma
de pensar, al derecho de gobernar nuestra vida y, entregamos el gobierno a Cristo, que es
el Señor. Nosotros, esclavos de Cristo, Él el Señor.7

El que dice poseer un poco del 
Espíritu de Cristo pero es 
gobernado por la carne, no 
tiene nada del Espíritu de Cristo.

En nada nos interesa nuestra voluntad cuando seguimos la de Él. Esto es “Metanoia”, el
verdadero y único arrepentimiento aceptable ante Dios. Es darle el golpe, no a la rama,
sino al árbol. “Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del
pecado y de la muerte” (Rom 8:2)  ¡Soy libre del pecado y de la muerte! No estoy más
obligado al pecado, ni a una mezcla tibia con él. La ley del pecado y de la muerte
desapareció. He sido librado de ello. Ya no pecamos. Ya no andamos en nuestra propia
voluntad. Ya hemos comprendido quien es nuestro Señor y nos rendimos a Él para que Él
sea Señor en todo.
“Porque los que son de la carne piensan en las cosas de la carne, pero los que son del
Espíritu en las cosas del Espíritu” (Rom 8.5). ¿Nos damos cuenta de que Pablo nos da dos
alternativas opuestas sin variantes intermedias: carne o Espíritu Es una simulación, es un
mero deseo, una mera intención, pero no una
realidad. No hay cambio de corazón. Cuando
tocamos a quienes viven en la mezcla saltan,
gritan, pecan, se violentan, porque adentro está
el “yo” gobernando la vida. “Sí, sí, yo no quiero
perder el reino de Dios”, dicen. ¿Quién lo
quiere perder? “…pero que no me cueste nada”
piensan sin decirlo. ¡No!, ¡Estás errado! ¡Te va a
costar todo! Tendrás que deponer tu actitud.
Vas a tener que deponer tus propios intereses.
Vas a tener que cambiar los ideales de tu vida. Vas a tener que pensar en cambiar tus
modos de pensar y de actuar, total, íntegramente. “Porque el ocuparse de la carne es
muerte pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz” (V.6)
¡Cuántos creyentes cantan el himno el domingo pero se ocupan solo de la carne el resto
de la semana! ¡Cuántos creyentes alaban a Dios y despliegan una gran virtud solo el
domingo! Pero ellos no quieren que alguien les pregunte cómo están, no quieren una
coyuntura. No quieren someterse a alguien que los ve, que los mira. ¡Nadie es
suficientemente santo para estar al lado de ellos! Ellos adoran a Dios como ellos sienten
sin que nadie les “moleste”. Pero, ¿qué hacen durante la semana? -Su voluntad.
Desprecian, aman solo lo que ellos quieren amar. Tienen su modo teológico de explicar
por qué no aman ciertas cosas que debieran amar, y tienen gran argumentación interior
para sustentar como viven, pero no han experimentado la realidad de la muerte en Cristo;
la muerte a su propia voluntad, para aceptar la voluntad de Cristo. No han tomado el yugo
de Cristo. No han entrado por la puerta angosta, sino que han intentado ensancharla un
poco para hacer a su modo más fácil las cosas. ¡No! ¡La puerta es angostísima! ¡Nunca
Dios la ensanchó, ni permite que nadie lo haga!

En la palabra siempre encontramos lo mismo. “Niégate. Toma tu cruz y sígueme”. Siempre
igual. “Porque los designios de la carne son enemistad contra Dios, porque no se sujetan a
la ley de Dios ni tampoco pueden”. Es decir que, si yo vivo en la mezcla, esa mezcla
contraría a Dios, entristece al Espíritu Santo. Apaga el poder del Espíritu. No puede Dios 8
actuar en mi vida. La rica savia de la vid no está fluyendo. ¿Y qué va a pasar? Estoy en el
valle de decisión mientras  la misericordia de Dios está obrando todavía. ¿Qué está
haciendo Dios? -Queriendo convencerme de que estoy mal. Queriendo entristecerme por
mis errores. Queriendo mostrarme con su benevolencia y amor que ese no es el camino.
Que entendí bien una parte, pero no el todo. Tengo que entender que los designios de la
carne son enemistad contra Dios, porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco
pueden. Es decir, es una situación imposible que yo guarde en mi corazón ciertos planes
propios, míos, ciertos puntos de gloria que quiero alcanzar, míos, personales y a la vez
agradar a Dios. Puede que conserve mis grandes temores y mis grandes pasiones, y me
diga a mi mismo: “Yo voy a cuidar mi vida, no quiero ser una persona arrastrada por algún
otro. Yo quiero cuidarme bien, que nadie me diga lo que debo hacer”. Esta inteligencia es
carnal, es animal, diabólica.

¿Quién te va a cuidar mejor que Jesús? ¿Quién tiene mejor plan para tu vida que Él?
Acaso, ¿consideras un riesgo el depositar tu vida en las manos de Cristo? ¡No! El riesgo lo
corres ahora, mientras no entregas tu vida en las manos del Señor, porque esa pasión
carnal que hay en ti, quiere destruir todo lo que Dios ha hecho en tu vida. “Y los que viven
según la carne no pueden agradar a Dios, mas vosotros…”, dice Pablo: “…no vivís según la
carne sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros, y si alguno no
tiene el Espíritu de Cristo, el tal no es de Él”. ¡Ay de los que no tienen a Dios y pretenden,
simulan tenerlo! Estos son meramente incrédulos.  ¡Ay de los que tienen la idea de que
tienen a Dios y no lo tienen! ¡Éstos sí que están mal!

Tal confusión es lo peor que nos puede pasar tanto en esta vida como en la por venir,
porque la peor sorpresa que podemos recibir es que el Señor no nos reconozca en el día
final. “Pero Señor si yo he cantado, he predicado, si yo he hecho milagros, si yo he estado
en tu casa toda la vida, nací con padres creyentes ¿cómo dices que no me conoces?”. El tal
no entendió la redención, no comprendió las bases de la salvación, no entendió el llamado
hecho por Cristo, no entendió el Evangelio. Creyó que el Señor exageraba o tomó en poco
las advertencias y condiciones que el Señor puso. ¡No! Su ley, sus mandamientos, sus
condiciones son claras y Él va a juzgarnos conforme a ellas. Sus palabras, siempre claras y
fáciles de entender, serán las que nos permitan entrar o ser excluidos  de la vida eterna.
Debemos ir a la Palabra y enfrentarla con ojos abiertos y corazón atento. Porque, como
dijimos, de acuerdo a ella vamos a ser juzgados en el día postrero. Si yo no vencí la carne,
sino que viví una mezcla de carne y espíritu; si mi círculo es el del “religioso”, en el que
nunca el Señor ha sido el Rey absoluto; si en el centro de mi vida todavía está mi corazón,
todavía reino yo, todavía hago mi voluntad, es que aún vivo la mezcla del religioso, del que
vive engañado. Pretendo tener a Cristo en alguna parte de mi vida porque lo “invité a
algún día a mi corazón”, pero le ofrecí en él una pequeña silla incómoda, no el trono de mi
vida, en el cual sigo yo sentado cómodamente. Le ofrecí entrar en un pequeño cuarto al
que esporádicamente lo voy a ver. Lo metí en un lugar conveniente a mi control desde
dónde Él no pueda ejercer dominio, sino por el contrario,  donde yo creo que lo puedo 9

No se modificó en el corazón la 
posición del “yo”, sino que el “yo” pensó que podía 
incorporar a Cristo como lacayo para 
verle de vez en cuando, pero Jesucristo nunca 
permitirá ser gobernado por nosotros.
manejar a Él, porque no he tenido la fe y la confianza de dar 
un hachazo final a mi reinado 
abandonando todo a sus pies.

Así es la dualidad, un poco de Cristo y un poco de ti. Dos comandos en un mismo corazón.
Deberás escoger tu reinado o el de Cristo, porque la dualidad te condena. “Los que son
guiados por el Espíritu de Dios los tales son hijos de Dios”. Aquí no hay dualidad, no hay
doble gobierno. Si tú sigues un poco tu voluntad y otro poco la de Cristo, yendo un poco
detrás de tus preferencias para luego, por un poco de tiempo, volver a obedecer al Señor,
evidentemente Cristo no gobierna en tu vida, porque sigues siendo tú quien decide
cuando gobierna quien.
Si es así en tu vida, ¿quién manda en realidad en tu corazón? -Mandas tú. ¿Por qué no lo
dices abiertamente? Para que Jesús mande en tu vida tiene que haber una rendición
completa, tiene que haber “Metanoia”, tienes que renunciar de manera absoluta a tu voluntad. Debes tener un cambio de actitud, no de actos externos solamente, porque ¿de qué sirve hacer de una manera cuando los deseos de nuestro corazón son otros? Un cambio de actitud verdadero es el que cambia los
deseos de nuestro corazón y por lo tanto los actos que siguen están en plena armonía con ellos.  Los actos son relativos pero la actitud es una determinación básica, fundamental, que solo
puede ocurrir en un nuevo corazón.
Entonces, o bien tenemos un corazón para pecar, para agradar al mundo, o un corazón para Dios. No nos engañemos con las medias tintas, con las mezclas, porque Dios no las acepta. Si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de Él. Si alguno no es dominado por la presencia del Señor, si alguno no entregó todo a Cristo, si alguno reservó buena parte de su vida para definirla por su cuenta, no tiene a Cristo gobernando en su vida. Si Cristo no es el único a quien apelamos, si Cristo no es la única fuerza
en nosotros, si El no es nuestra única fuente de vida, la única razón de ser, sino uno más de los “medios señores” a quien recurrimos alternativamente, insisto, nos engañamos a nosotros mismos creyendo que somos de Él, pero no lo somos.
Dios sabe cuántas veces nosotros tomamos decisiones en base a nuestra propia voluntad.
Los grandes líos de nuestra vida, los grandes momentos de dificultad, la dificultad que
tienen otros para tratar con nosotros, la falta de dar imagen de una sierva y de un siervo
de Cristo hacen evidente que en nosotros hay mezcla y la mezcla es peligrosísima. La
mezcla indica que todavía Jesús no es Señor. La mezcla indica que todavía no han
terminado de darse las condiciones de salvación. La mezcla indica que todavía estamos
como bebés y no se puede seguir siempre como bebé. 10
Lee Hebreos 5:11-14 y verás que no se puede vivir en un estado permanente de
inmadurez. Lee los versículos que siguen (Heb 6:1-8) y te darás cuenta que es necesario
que los bebés vayan adelante, a la perfección, y si no lo hacen serán cortados. Hermanos,
¡cuán común es la situación que Cristo nos retrató en la parábola del sembrador! (Mat
13:3-9, 18-23). Cuántos hay que han tenido comunión con Dios, han sido partícipes del
Espíritu Santo, han visto y han sentido los poderes del siglo venidero, han estado cerca de
la vida y del reino de Dios, se han sentado horas enteras para escuchar la Palabra de Dios,
pero finalmente no pudieron triunfar porque había piedras, había espinas. Había una
voluntad mezclada, no una verdadera conversión. No ocurrió “Metanoia”. No se volteó el
árbol.

Quien vive así no corre los riesgos de un discípulo de Cristo, ni tiene la pasión de uno que
está encendido por el Espíritu Santo. Los que viven la mezcla no tienen la voluntad para
sufrir el oprobio, el despojo de sus bienes, y, en fin, sufrir todo lo que se debe sufrir para
ser un verdadero discípulo de Cristo. Se acostumbran a una vida blanda, acomodada a su
gusto. A una vida un poco carnal y otro poco espiritual, algo que es en sí una absoluta
contradicción y un imposible, porque al fin Dios va a determinar que los tales han luchado
contra su Espíritu y han insistido tanto en esta mezcla que Él mismo los corta de la vid.

Volviendo al pasaje en Hebreos. Vamos adelante, a la perfección, y esto haremos si Dios lo
permite, porque algunos han excedido la medida de la gracia de Dios. Han jugado tanto
con la gracia, han dicho tantas veces que sí cuando era en realidad un “no” o “ni”, que
Dios retiró su gracia y ya no hay más esperanza sino una horrenda expectativa de juicio. Si
lo que digo te parece extremo, lee Hebreos capítulo 10, versículo 26 y lo que sigue. Si
tienes ánimo, si tienes fuerza, léelo.
Hay solo dos reinos, hay solo dos opciones. O estamos en el reino de las tinieblas o hemos
sido trasladados al Reino del Amado Hijo (Col 1.13). La verdadera conversión implica un
traslado, un salir de un espíritu y entrar en el otro, un salir del reino o imperio de las
tinieblas y ser trasladado al reino del Amado Hijo. Si estoy en el Reino de Jesucristo, Él solo
es mi Rey, a Él solo obedezco, y he desechado por completo la autoridad de mi “yo” y
puedo decir con Pablo:
 “Con Cristo estoy juntamente crucificado y ya no vivo yo más vive 
Cristo en mí, y lo que ahora vivo en la carne lo vivo en la fe del Hijo de Dios el cual me amó 
y se entregó a sí mismo por mi” (Gal 2.20).
Amén.

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